

Se desencadena un complejo entramado emocional que puede bloquear a la persona: el mundo se para de golpe y parece que todo lo importante de la vida entra en suspense. Es como “abrir la caja de Pandora” llena de miedos y dudas: ¿Cómo encajar el diagnóstico? ¿Qué información se necesita para tomar las decisiones más adecuadas acerca de los tratamientos y sus posibles efectos secundarios? ¿Cómo afrontar la “removida emocional” que suponen las revisiones? ¿Se puede construir una vida cuando se está, en parte, a merced de la incertidumbre? Una y otra vez aparece la misma pregunta: ¿Por qué a mí? Se puede contestar fundamentalmente de tres maneras a este desafío: ante él se puede huir, victimizarse o afrontarlo.
El deseo de huir de la realidad que toca vivir, si se prolonga en el tiempo, puede generar un sufrimiento añadido: condenar a la soledad, por tener que tragarlo todo a solas, sin compartir con nadie lo que pasa y conducir cada vez más a un mayor aislamiento.
Esto, que es normal y natural en un principio, puede ser un riesgo como actitud general a medio plazo. Veamos por qué: sentirse víctima de la vida o de alguien hace que se espere algo que no suele suceder. Es como esperar unas disculpas que nunca serán suficientes y que jamás vendrán. Con mucha frecuencia es una pérdida de tiempo. Además, ese victimismo, a medio plazo, resulta una actitud difícil de mantener porque acaba minando el ánimo y suele deformar la realidad exagerando lo negativo, y todas las dificultades y contrariedades no hacen más que confirmar la expectativa de un futuro muy negro. Es como intentar adivinar el futuro con una bola de cristal negra. Regodearse en el lamento conduce a la tristeza y la rabia, es darle vueltas una y otra vez a lo que se ha perdido y ya no volverá.
Estas actitudes frecuentemente van generando un círculo vicioso en el
que tanto el deseo de huir como el victimismo, terminan conduciendo
a la pasividad, promoviendo la dejadez, la apatía y la impotencia sobre
el rumbo de la vida, lo que a su vez genera aún mayor malestar. A mayor
pérdida de libertad, menor sensación de poder hacer algo, hasta concluir
que no se puede hacer absolutamente nada porque se haga lo que haga
da igual y nada cambiará si no es para peor. En este círculo vicioso el
VIH controla la vida.
Vivir con el VIH no es fácil porque vivir no es fácil.
Es una gran tormenta pero no una guerra. De nada vale una actitud de
rechazo y lucha contra el virus porque por mucho que se haga ese intruso
no se irá, permanecerá ahí y tarde o temprano habrá que relacionarse
con él. Por eso no se trata de luchar contra él, sino de aprender a
vivir con él.
Superar las dificultades que la vida plantea y tener VIH puede ser la mayor dificultad a la que se haya enfrentado jamás. Consiste en no dejarse atrapar por las emociones tan intensas que, indudablemente, genera la situación, mantener el timón y procurar enfocar las experiencias como oportunidades.
Pasividad / Dejadez / Impotencia / Apatía MALESTAR Deseo de huir / Victimismo Adoptar una actitud positiva ante algo tan difícil como esto significa afrontar las dificultades como oportunidades de desarrollo y aprendizaje. Esto es difícil, pero puede ser de gran ayuda para el crecimiento: son las situaciones difíciles las que suelen sacar a la luz las capacidades más poderosas de una persona y mostrar de lo que es capaz. Hay muchas cosas que parecen imposibles de hacer, hasta que se hacen, y es la necesidad, son las situaciones difíciles, las que fuerzan a intentar cosas que, en la comodidad de una vida fácil, jamás se hubieran descubierto.
El verdadero reto cuando a una persona le diagnostican una enfermedad como el VIH es "ese" aprender a vivir y cuidarse ante una circunstancia que no se eligió y que impacta con fuerza en todos los ámbitos de la vida.
Reconstruir las ganas de hacer y un proyecto de vida después de la tormenta, aprender a perdonar y perdonarse, reconciliarse con el mundo y con uno mismo, aceptarse con todos los errores de la propia biografía. son todas ellas tareas difíciles y duras, pero que vale la pena recorrer, porque al final de ese camino se encuentra la serenidad.
